CINCO MINUTOS
Cometer un delito en Everland, el planeta de los Eternos, era una temeridad. Las autoridades se habían propuesto erradicar la delincuencia a toda costa; pero si además el delito era tan grave como abandonar el lugar de trabajo para pasar dos días en paradero desconocido, las penas que podían llegar a imponerse se podrían calificar de crueles. Tal fue el caso de Mirko Swann, que harto de la rutina decidió “desaparecer” unos días y abandonarse a su afición favorita, la espeleología. Le encantaba explorar nuevas grutas y adentrarse en ellas con el mínimo equipo, como lo hacían los antiguos. Para cuando regresó, había una patrulla ejemplar esperándole en su propia casa.
Los Eternos, raza superior del Universo, poseen una característica única, que es precisamente la inmortalidad. Cuando los individuos llegan a la edad adulta –lo que podría ser unos treinta años humanos- no envejecen más y no conocen la muerte por causas naturales, ya que han erradicado todas las enfermedades y sus células y tejidos se regeneran indefinidamente. Precisamente por esta peculiaridad, las condenas que se aplican en el resto del Universo, cifradas en años, carecen de sentido aquí.
El juicio fue rápido, pues el acusado confesó su acción sin ser presionado en absoluto. ¡Si por lo menos hubiese mostrado algún signo de arrepentimiento! La sentencia, ejemplarizante, fue de las más terribles que se habían dictado hasta el momento: el reo fue sentenciado a repetir eternamente un día concreto de su vida anterior a la comisión del delito, sin tener conciencia de ello más que cinco minutos al día, justo antes de dormirse cada noche. El día, elegido por el Alto Tribunal Temporal –el ATT de ahora en adelante- debía de ser uno de los más insulsos de la vida del condenado, uno de esos en los que no pasase nada especial, dado que el delito había sido precisamente escapar de la rutina. El ATT iba a sumergirlo en un bucle temporal cerrado, del cual era imposible escapar, y esos cinco minutos de conciencia diaria eran precisamente para que recordase todos los días de su eterna vida que vivía un eterno castigo. El día transcurriría normal, pero idéntico al anterior y al siguiente. Sólo al final de cada jornada, un momento antes de conciliar el sueño, se le dejaría ser consciente de su trágica condena.
Hacía siglos ya que el ATT había conseguido la tecnología para poder manejar el tiempo a voluntad, pero era la primera vez que creaba un bucle cerrado para castigar a un criminal. El decurso de la eterna condena sería vigilado en adelante por un agente especial, encargado de comunicar alguna anomalía en la conducta de Swann, sobre todo en esos críticos cinco minutos en los que su reacción podía ser menos previsible.
Mirko escuchó la sentencia y debió entenderla perfectamente, pues se derrumbó sobre el banco de la sala del juicio. No existían las apelaciones, ni los abogados defensores, ni tantos otros instrumentos de los que se podría haber valido para rebajar esa condena. Sabía que su destino era irremediablemente terrible y no veía cómo lo iba a poder soportar.
----------------------------------------------
Siete de la mañana, suena el despertador. Un día más en Everland. Mirko, remolón, se levanta y se encamina hacia la ducha. Limpio y bien despierto ya, entra a la cocina y se prepara su desayuno de vitaminas e hidratos de carbono. Cierra la puerta de su apartamento y coge el busascensor que lo lleva a la superficie. Atestado de vecinos, comenta con los de los pisos más cercanos el tiempo que hará allí afuera. Empalme con el tubocity, que lo lleva directamente a la destilería de Estroncio, donde trabaja de estibador. En ocho minutos y cuarenta segundos, llega a la fábrica, justo para fichar. Después de diez horas seguidas sin bajar del elevador –hay que ver la capacidad nutritiva de estos nuevos desayunos- de nuevo a fichar y al tubo que lo lleva de vuelta a casa. Otra ducha y una reconfortante cena, a base de proteínas y sales minerales. Después, un rato de ocio frente al emisor de imágenes, y a la cama. Pero justo cinco minutos antes de dormirse, Mirko percibe, Mirko sabe. De pronto, lo ve todo claro, lo recuerda todo. ¡Dios! Estoy atrapado, mañana va a ser igual, y pasado mañana también.
Los días van cayendo, como losas. Los acontecimientos se repiten hasta en los más mínimos detalles, pues es el mismo día, excepto en esos cinco minutos, sus cinco minutos de libre albedrío. ¡Qué cortos se le hacen esos trescientos segundos, cada día! Los mima, los cuenta, los disfruta al máximo, pero cada vez le parecen más exiguos.
Transcurren meses, años. Aquí se mide el tiempo, pero no tiene gran importancia, en una sociedad eterna. Los ánimos de Swann se debilitan, las ganas de vivir van desapareciendo, lentamente. ¿Qué sentido tiene vivir eternamente, ser inmortal, para perpetuarse en la rutina de un insípido día, un día de duro trabajo, con la única recompensa de cinco míseros minutos?
En Everland no existen prácticamente los accidentes, pues se extreman las medidas de seguridad al máximo y nadie corre riesgos innecesarios. Una vida eterna es demasiado valiosa para perderla. Las muertes se pueden contar con los dedos de la mano en un período de siglos. La natalidad no existe apenas y está circunscrita al laboratorio, considerándose una medida totalmente excepcional. Todos opinan que el hecho de ser inmortales es la culminación del proceso evolutivo de la especie y todos se enorgullecen de ello, lo disfrutan. Todos menos Mirko Swann, al que ya no le seduce tanto la idea de soportar esta existencia cruel de forma ilimitada. De hecho, empieza a pensar, cinco minutos al día, en la forma de acabar con todo, de poner fin a tanto sufrimiento de una vez por todas, para siempre. Comienza a fraguar en su mente la idea del suicidio.
Siguen transcurriendo los días, clonados, idénticamente insoportables y, cada noche, Mirko va perfeccionando su plan para quitarse la vida y por fin, descansar; hasta que llega la fecha que ha decidido para dar el paso, un catorce de noviembre, como todos. Piensa en cortarse las venas, pero es demasiado lento; podrían auxiliarle y llegar a tiempo. Si tuviera una ventana desde la que saltar al vacío… Nadie muere por sobredosis de vitaminas.
Finalmente, afrontando la aversión que le produce el dolor físico, decide que el mejor método es coger con fuerza un cuchillo y clavárselo en el corazón, con lo que la muerte será más rápida, casi instantánea, no por evitarse una larga agonía, sino por impedir que puedan salvarlo a tiempo. Todavía le quedan dos minutos, más que suficiente, para correr hacia la cocina, enganchar el cuchillo y hundirlo en su pecho.
El agente especial Merck, encargado de la custodia, detecta una anomalía en el comportamiento del condenado Swann, oprime un botón y detiene el bucle temporal. Comunica la incidencia al ATT y manda una patrulla al apartamento, para que restablezca el orden. La situación está bajo control.
Siete de la mañana, suena el despertador. Un día más en Everland.
Guillermo Olivares, octubre de 2002


No hay comentarios:
Publicar un comentario